"Aparecen en la prensa chicos argentinos, de esos que viven con lo justo, que celebran la medida" Juan Manuel Robles
Milei 1991
Javier Milei: cuando la motosierra cortó el árbol de los derechos laborales.
Javier Milei, el presidente de Argentina, acaba de lograr aprobar en el parlamento una reforma laboral histórica en su perversidad: se normaliza la jornada laboral de doce horas —con la posibilidad de pagar en vales de comida—, se elimina el pago en efectivo de horas extras, el jefe elige la fecha de tus vacaciones (si quiere partirlas, puede hacerlo), se permite al empleador reajustar los contratos después de firmados. Algunos la llaman la ley de la esclavitud, porque el jefe tiene más control que nunca del tiempo libre. Otros, más moderados, dicen que la norma omite convenientemente la asimetría entre empleador y empleado al promover la “negociación individual” del acuerdo. Lo que parece ser claro es que este paquetazo laboral es la mayor involución en derechos del trabajador desde el retorno a la democracia en Argentina.
En el Perú conocemos el argumento que el oficialismo argentino está dando para justificar la medida: las leyes laborales vigentes no sirven para nada cuando no hay trabajo, cuando la informalidad campea; al contrario, esas leyes poco realistas encarecen el empleo y por eso “hay que hacer algo”. En el Perú, con nuestra reforma laboral noventera, la precariedad se volvió la norma, la explotación se hizo más sofisticada, y la pandemia nos hizo ver que nuestra legislación “moderna” tenía previsto un regalo fantástico para los empleadores (sin distinción de los capitales disponibles): la suspensión perfecta, que hace legal ponerle paréntesis a tu vínculo laboral cuando más lo necesitas.
Si Argentina ha logrado esta reforma es porque hay un ejército que lo ha hecho posible. No hablo de la policía antimotines de Milei, que ciertamente ha sido expeditiva en reprimir las manifestaciones contrarias a la medida, corajudas pero no multitudinarias. Tampoco hablo del apoyo del “aliado” del norte, que ha pasado a ser un actor injerencista que influye y pecha. El ejército que ha permitido a Milei que haya salido airoso con su ley lo conforman millones de jóvenes, su principal público y la base sostenida de su apoyo: un montón de cuerpos nuevos que ven la norma con emoción, como un desafío que no los asusta.
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EDICIÓN 771, NÚMERO 16
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