"¿Se confundió Canales (entonces asesor del Ministerio de Defensa), vio un complot donde nada había?" Daniel Espinosa
Volverán a complotar
Harvey Colchado: todo apunta a que fue pieza clave de la maquinaria que logró aterrorizar a Castillo.
Las descaradas declaraciones del fujimorista Miki Torres han vuelto a poner en primer plano un asunto sobre el cual seguiremos insistiendo en esta columna: ¿qué ocurrió tras bambalinas durante las últimas semanas, días y horas del gobierno de Pedro Castillo? Torres presentó lo que solo podría ser catalogado como un acto de sedición –un gran complot para sacar del poder a un presidente democráticamente elegido–, como una “gesta de contención” y una “suma de esfuerzos” en la que habrían participado periodistas, el Congreso y el Ministerio Público.
El gran problema es que todo eso también podría leerse, simple y llanamente, como “presión política”, es decir, como el inevitable cargamontón que el establishment limeño efectúa, como un acto reflejo, contra todo líder político que atente con romper con ese statu quo que ha condenado al Perú a ver la economía y la pobreza crecer a la par. La declaración del fujimorista no apuntó de manera específica a nadie, diseminando la responsabilidad por esa “gesta” entre varias instituciones, partidos y personalidades más o menos anónimas y difíciles de precisar.
Sin embargo, indicios que han ido apareciendo desde el 7 de diciembre de 2022 –cuando Castillo pretendió consumar un tímido autogolpe– apuntan a actores e instituciones puntuales que se habrían coludido para producir en el expresidente un estado de pánico, induciéndolo a romper con el orden constitucional con el objetivo de usar dicho quiebre, dicha afrenta contra la democracia, como justificación para una destitución exprés.
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EDICIÓN 784, NÚMERO 17
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