"Es hora, dice, de que los cubanos puedan pronunciarse libremente sobre su destino" Ronald Gamarra
Escribir en la oscuridad
Leonardo Padura, autor de “El hombre que amaba a los perros”.
Hay en La Habana de hoy, agobiada por los apagones y el desabastecimiento generalizado, un escritor que se empeña en hacer literatura de la más alta calidad mientras mantiene tercamente su residencia en la ciudad que lo vio nacer, crecer, vivir, padecer y quizás lo verá morir. Un gran escritor, narrador y ensayista, que crea su obra desde su barrio habanero de Mantilla, que escribe sus relatos en la casa donde siempre ha vivido, desde que vino al mundo, y lo hace sin el menor complejo de inferioridad aldeano o marginal, con una visión universal de la experiencia humana a partir de la realidad cotidiana de un país agobiado como el suyo.
Ese autor que ha logrado constituir una ejemplar y larga obra narrativa en medio de las carencias y la censura política imperantes en Cuba desde hace varias décadas es Leonardo Padura. Considerado, con justicia, como el escritor cubano más importante y leído en la actualidad tanto en castellano como en traducciones a numerosos idiomas, sus libros se editan actualmente en las editoriales de mayor prestigio y cobertura de América y Europa, donde su fama bien ganada no cesa de crecer con cada nueva obra publicada. Sus lectores ya forman una importante familia literaria desde que, hace 17 años, dejó de ser un prosista más o menos conocido, con la publicación de su novela “El hombre que amaba a los perros”, obra monumental que nadie debería dejar de disfrutar.
Lamentablemente, esta justa fama literaria no se refleja en su propio país, donde sus obras permanecen inéditas, prohibidas, aunque a veces se cuelan por ahí algunas ediciones piratas, no autorizadas, hechas o difundidas por sus compatriotas a pesar de la censura, que se empeña en perseguirlas y retirarlas. Padura soporta estoicamente este intencionado silenciamiento impuesto por un régimen que aplica contra él la táctica de la invisibilización. En la práctica, para el régimen Padura simplemente no existe en Cuba, igual que tantos otros artistas y creadores de cultura de la más variada clase. El régimen tal vez aprendió de la experiencia accidentada que tuvo al perseguir al poeta Heberto Padilla y al novelista Reinaldo Arenas, a quienes el acoso y maltrato contribuyó a convertir en íconos. La táctica ante los artistas es ahora el silencio, ignorarlos, no difundirlos o, llegado el caso, forzarlos a marcharse de Cuba.
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EDICIÓN 784, NÚMERO 17
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