"Por ahí leí un '¿No le da vergüenza?'. Qué ingenuidad. Obviamente no conocen la historia de este señor, o la oyeron a medias" Juan Manuel Robles

OPINIÓN

Simon y el terruqueo


Yehude Simon fue director de la revista “Cambio”, órgano del MRTA.

Me encanta que veamos de nuevo a Yehude Simon arrastrarse como una serpiente ante el poder más abominable. Toda la campaña estuvo hablando pestes de Roberto Sánchez justo cuando la izquierda y el progresismo optaban por la unión entendiendo el peligro que se cernía sobre el Perú (algunos, sin plegarse abiertamente, al menos guardaron prudente silencio). Hoy Simon cosecha lo sembrado, sumándose a otros enanos entusiastas —como Juan Sheput, Belaunde Llosa o Álvarez Rodrich— que guardaron su antifujimorismo en el clóset y sacaron las guaripolas para hacerle vivas a la hija del delincuente hoy presidenta virtual. Pero Simon va más allá: ha visitado a la doña y relatado su conversación en canales y diarios. Por ahí leí un “¿No le da vergüenza?”. Qué ingenuidad. Obviamente no conocen la historia de este señor, o la oyeron a medias.

Yehude Simon es un caso emblemático de los miles de peruanos que fueron condenados por terrorismo de manera irregular, con jueces sin rostro, en el gobierno de Fujimori y Montesinos a inicios de los noventa. Su encarcelamiento produjo un rechazo unánime de los sectores democráticos y organismos de derechos humanos. Simon, exdiputado de Izquierda Unida, fue a parar a una cárcel de máxima seguridad. Pero incluso ese episodio oscuro tiene un giro inesperado. En 1993 el recluso recibió al mismísimo Alberto Fujimori, que hacía una visita al penal Castro Castro para inaugurar nuevos pabellones. Mientras activistas que denunciaban el régimen de terror pedían la libertad de Simon, él elogiaba al sátrapa mirándolo a los ojos, en su discurso de agradecimiento. Muchos leyeron el acto como un quiebre (un quiebre, digamos, estalinista). A la luz de los hechos posteriores, parece que Simon no se había quebrado: a lo mucho, se había tirado al piso.

Pero yo quería hablar de Simon por algo más importante. Quería mencionarlo —ya que está en todos los diarios— porque el hombre es la demostración de que el “terruqueo” no es más que un arma política selectiva, no una cuestión de principios o rechazo al violentismo, y que la capacidad civilizada de tratar a un expreso por terrorismo como a un ser humano, de entender que una vez fuera de la cárcel quedan restablecidos sus derechos, existe y es practicada por el establishment. Pero —obvio— hay un requisito: la sumisión absoluta y que el desdichado se ponga a trabajar para el poder (y mejor si ayuda a aplastar a los sediciosos del presente).

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