OPINIÓN

"Ninguno de esos líderes horrendos salió de abajo, pero no importa" Juan Manuel Robles

Skin care y cara dura


La señora Fujimori jactándose de su lozanía cincuentenaria.

Keiko Fujimori, respaldada por movimientos de derecha regional, foros extremistas —como el bochornoso think tank que nos dejó Vargas Llosa— y sin duda alineada con el naciente Escudo de las Américas, fue en campaña menos agresiva que otros líderes de esas juntas. Con el fantasma de tres derrotas consecutivas, la hija del presidente fugado y preso por corrupción jugó a dulcificarse, a mostrarse más humana y para eso utilizó las redes sociales permitiendo un vistazo a su intimidad. Pareció una movida astuta en campaña pero ahora, con menos de un mes en la presidencia, el mismo canal que le permitió adormecer a los incautos la pone en evidencia: Keiko, aunque calle más, comparte un rasgo con esa nueva derecha narcisista y frívola: la insensibilidad. Una insensibilidad gigantesca que la pinta de cuerpo entero.

Keiko pavonéandose de cómo le hace para verse bien “sin colágeno” y lanzando mensajes de cuidado facial en Tiktok mientras Lima sufre inundaciones de más de un metro de profundidad —y decir que no estaba enterada solo empeora las cosas— es Abelardo de la Espriella lanzando pelotas a los damnificados del terremoto de su país. Es el gesto desubicado, la manifestación de personalidades que viven en una realidad alterna y solo saben mirar su ombligo. Allí está Javier Milei respondiendo al hecho de que la morosidad del crédito familiar en Argentina se haya cuadruplicado bajo su mandato con un tranquilo “es un tema entre privados”. Allí estuvo Jair Bolsonaro, cuestionado por las muertes por la pandemia, riéndose: “la gente muere, todos vamos a morir”. La mujer que tomó el poder en el Perú —sin ganar las elecciones en el territorio nacional— no llega a ese desparpajo, pero hay en la rotundidad de su desconexión con la realidad señales espantosas.

Es una sonrisa que se parapeta bajo la excusa de la moral al tope y el amor propio como disciplina. Estos líderes arrogantes han amasado votos en sus países con la prédica de que cada uno de nosotros es, individualmente, más importante que el resto; y que si tomamos las decisiones adecuadas, mantenemos actitud positiva y fortaleza mental, lograremos triunfar, pues “el pobre es pobre porque quiere” no es solo un eslogan: es el testimonio real de todo aquel que salió de abajo. Eso dicen. Ninguno de esos líderes horrendos salió de abajo, pero no importa. Su carisma está en dar carta libre al egoísmo —ocultado tantos años por pudor y presión zurda—, a sentir orgullo por lo que tienes sin tener presión alguna de pensar en lo que a otros les falta.

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