"Sea como fuere, este tránsito es un círculo: la derecha retorna al lugar del que parecía haberse alejado" Juan Manuel Robles
Derecha retorcida
José Antonio Kast disfrazado de comandante haciendo una inspección en Arica.
La decisión del presidente chileno José Antonio Kast de no hacer una ceremonia oficial por el aniversario del golpe de Augusto Pinochet en 1973, por primera vez desde el retorno de Chile a la democracia, no solo marca un hito en el país vecino. Muestra un tránsito evidente de la derecha regional, que ya no se esfuerza en compartir principios democráticos ni verdades de consenso, que no respeta la memoria y es capaz de menospreciarla. Atrás quedó esa derecha de fines del siglo XX y comienzos del XXI, neoliberal e implacable en lo económico pero, en compensación, abiertamente contraria a las dictaduras de décadas pasadas —y específicamente, a Pinochet como símbolo del autoritarismo “superado” por la doctrina de los derechos humanos, que terminaba siendo mejor para la economía—. Hoy la derecha que va llenando el mapa sudamericano tolera reivindicaciones al horror vivido, como si nada.
Se pone de manifiesto el carácter regional de la decisión de Kast —sobre un hecho sensible para toda América Latina— cuando sabemos que una semana atrás el mandatario chileno había asistido al Foro Madrid, en Santiago, un evento organizado por la fundación Disenso, asociada a Vox en España, que aglutina a las fuerzas internacionales de esa derecha nueva que ya no es la de antes. En esos foros, en esos famosos think tanks, se ventila todo ese radicalismo, muy lejos de la derecha progresista que creía en la tolerancia —al menos como carta funcional al mercado—. Donde antes se veía la migración como una oportunidad de amplitud cultural —y de modelos de negocios—, hoy se ve una amenaza a la seguridad y a las costumbres. Donde antes se promovía el feminismo —al menos en su versión de cuotas corporativas y “empoderamiento”— hoy se lo denosta por amenazar a la familia tradicional. Donde se reconocía como objetivo común la agenda ambientalista, hoy se la mira como un complot contra el desarrollo. Donde se enunciaba un respeto irrestricto a los derechos humanos, hoy se cuestiona el concepto por afectar la moral de las fuerzas del orden para limpiar el vecindario.
Por supuesto, no es que esa derecha posdictaduras fuera realmente de avanzada. Pero tenía límites éticos, al menos declarativamente (y lo declarativo en política importa). Era súbdita del Washington que rompió con sus antiguos alfiles (Pinochet, Fujimori), entusiasta de la primavera democrática. Para mí el punto de quiebre se dio en aquella conferencia de la Fundación para el Progreso en 2018 —una suerte de mini Foro de Madrid donde los fachos dan rienda suelta a su “incorrección política”—, cuando el joven ultraderechista chileno Alex Kaiser entrevistó en vivo al invitado estelar, Mario Vargas Llosa. Kaiser quiso plantearle que sería mejor vivir en una dictadura como la de los ochenta en Chile que en la de Maduro en Venezuela, pero el Nobel lo interrumpió con firmeza: “Esa pregunta yo no te la acepto… Porque parte de una toma de posición previa: que hay dictaduras buenas. O que hay dictaduras menos malas. No, las dictaduras son todas malas”.
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EDICIÓN 798 - AÑO 17
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