"Trump: la política de veto 'tan lejos como sea posible'” Ronald Gamarra
Chicharrón de prensa
Estados Unidos se proclama como la patria de la libertad de expresión y, en particular, de la libertad de prensa. Así quedó escrito en la piedra angular de su Constitución. Pero toda promesa originaria arrastra su propia sombra, y esta no ha sido la excepción: más que una conquista firme, la libertad de prensa ha sido allí un fuego que hay que alimentar cada día, un campo de batalla donde se enfrentan quienes quieren dejarla arder sin ataduras y quienes prefieren domesticarla, hacerla servir a los intereses de los poderes fácticos. El primero de todos, el poder del gobernante de turno.
Recordemos, por ejemplo, el largo y tenebroso período del macartismo, que envenenó la democracia y la libertad en la década de 1950 con una persecución paranoica de supuestos enemigos “comunistas” infiltrados en todas partes, hasta en la sopa del senador republicano Joseph McCarthy. El pretexto de la “infiltración comunista” sirvió en la práctica para perseguir y proscribir con crueldad a periodistas, escritores, actores, pensadores y artistas ingratos para el orden establecido. En esa época de oprobio para la democracia norteamericana, no fueron pocos quienes dieron una lección inolvidable de dignidad ante el asedio.
Con el presidente Trump se ha abierto una nueva época de hostilidad y agresión contra la libertad de expresión, bajo formas groseras y desfachatadas, como corresponde al personaje en cuestión. Trump, que es una máquina infatigable de producción de datos falsos, fake news y posverdades, pretende que la prensa se someta y le haga el coro. No admite que los medios de prensa, los periodistas y los comentaristas hagan una verificación profesional independiente y preparen sus informes con criterio propio, ejerciendo el derecho a discrepar. Si los medios no informan como él quiere, entonces los descalifica y veta.
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EDICIÓN 799 - AÑO 17
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