"La mentira colosal es parte de su repertorio" Juan Manuel Robles
Lima, la puerca
"Rafael López Aliaga, el vivazo que siempre va con una trampa nueva bajo la manga, saluda a su homólogo moral: madame K"
¿Por qué los limeños están dispuestos a votar de nuevo por un alcalde que evidentemente les ha visto la cara de idiotas? ¿Por qué colocan primero en las encuestas a un señor que luego de incumplir sus promesas y traer un tren chatarra —que costó millones cuando supuestamente era una donación— abandonó el cargo para tentar la presidencia a pesar de haber dicho públicamente que no lo haría? ¿Por qué quieren de nuevo en el sillón municipal a alguien que, luego de dejar la alcaldía, ahora le saca la vuelta a la ley y postula a una reelección encubierta?
Son preguntas que rondan. El fenómeno no se explica únicamente ni por la falta de amor propio —que ciertamente es grande— ni por la ausencia de memoria —que ya no solo afecta a sucesos de comienzos de siglo sino a eventos ocurridos tres o cuatro años atrás—. Tampoco podemos hablar de pragmatismo. En López Aliaga no funciona eso de “roba pero hace obra” que sustentó la popularidad de Luis Castañeda, y que, recordemos, era una variación de la lógica que hizo fuerte a Fujimori —que violaba la Constitución pero obtenía resultados—. En López Aliaga no hay “pero” a favor; el hombre, sencillamente, no ha hecho nada memorable por Lima, no trajo los avances que prometió y su principal “obra”, su intervención gigante, puede verse ahora, como un museo involuntario, en el parque de La Muralla: vagones inútiles que constituyen el gasto de propaganda electoral más caro de la historia.
¿Qué pasa, entonces? Yo creo que ese voto por López Aliaga, ese orgullo porcino, es la última manifestación del desencanto, del descrédito de un sistema electoral que ya nadie se toma muy en serio porque ha perdido la capacidad de ofrecer soluciones, visiones de futuro, proyectos de ciudad, mejoras tangibles. No es solo la pérdida de fe en las instituciones, cuya burla, desde los noventa, se celebra como una especie de venganza de los olvidados. Ahora, además, es la idea de que no saldrá nada realmente beneficioso del juego democrático, del acto de elegir. Hace tiempo desterramos la palabra “utopía” por pretenciosa y naif —cosa de izquierdistas desconectados de la realidad—, y la cambiamos por obras puntuales y realpolitik, pero hoy ni siquiera alcanza para eso.
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EDICIÓN 799 - AÑO 17
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