"No dejo de pensar en el Premio Nobel cuando veo a sus hijos —los putativos y el verdadero— dando un triste espectáculo" Juan Manuel Robles
La ciudad y los perros (liberales)
Keiko Fujimori y Álvaro Vargas Llosa: la jefa de Fuerza Popular cazó al hijo del escritor que su padre derrotó haciéndose pasar por centroizquierdista.
Me disculparán la fijación, pero yo sigo pensando en los liberales. Los liberales vargasllosianos, digo. Los que han pasado las últimas décadas autodenominándose así, con aires de superioridad moral y la coartada más hermosa: la libertad. Los que alzaban el dedo y decían “un momentito” cuando los acusaban de capitalistas salvajes, señalando la distancia —el abismo— entre ellos y los herederos de Pinochet y los esbirros de Fujimori. Los que decían estar en las antípodas de los conservadores. No dejo de pensar en esos liberales que hoy, por esos giros que da la vida —y terror de clase—, le hacen comparsa a Keiko y trabajan para ella. Mario Vargas Llosa se murió a tiempo para no caer en este último peldaño de oprobio —aunque ya había bajado varios—, y a veces creo que eso es un alivio, pero no dejo de pensar en el Premio Nobel cuando veo a sus hijos —los putativos y el verdadero— dando un triste espectáculo, defendiendo aquello que juraron combatir.
Vargas Llosa es el padre de la camada liberal que hoy ha aceptado ser parte del gobierno de la hija del delincuente que renunció por fax. La excusa, como siempre, ha sido el peligro de caer en el comunismo y la presunta convicción de que la chica ya no tiene las ideas del papá. Así, con sencillez, estos liberales tramitaron ellos mismos su salvoconducto ético para la pachanga. Carlos Espá consiguió la proeza Guinness de pasar de relacionista público de una embajada ajena a canciller de su propio país, Rafael Belaunde logró ser ministro de Defensa destruyendo su propio partido —cuyos militantes hasta ahora tienen la boca abierta por la traición, salvo Pedro Cateriano, que se unió al corso pro Keiko— y Álvaro Vargas Llosa acaba de ser confirmado como embajador peruano en Washington.
No es que estos señores sean tan importantes, pero eran los presuntos continuadores de un pensamiento que quizás merecía una muerte más digna (o al menos elegante). Y si bien nuestro laureado escritor había consentido ese acercamiento con su mismísima presencia en foros de ultraderecha facha, cuesta creer que, incluso en la decadencia, hubiera estado tan tranquilo viendo a su gente metida en este circo.
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EDICIÓN 802 - AÑO 17
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