"Quien denuncia fraude y luego escapa de la justicia firma él mismo la refutación de su acusación" Ronald Gamarra
Tigre de papel
Flávio Bolsonaro saliendo del avión privado que lo depositó en Miami.
Hay derrotas que se aceptan de pie y otras que se encajan a la carrera. Flávio Bolsonaro eligió las segundas. El domingo perdió la presidencia de Brasil; el martes, fugo. Cruzó el río Iguazú por el puente Tancredo Neves, a pocos kilómetros de las cataratas, con su mujer, sus hijas y el miedo en el equipaje, y desde suelo argentino voló hacia la Florida, donde el gobierno de Trump se apresuró a tenderle visas y alfombra, como si llegara un perseguido político y no un investigado que se escurre.
Conviene no confundirse. Flávio no huye de una dictadura, se corre de un expediente. El juez del Supremo Alexandre de Moraes le había ordenado entregar sus pasaportes (tiene uno italiano además del brasileño, por si la patria fallaba) y le había prohibido salir del país mientras se le investiga por lavado de dinero y evasión de divisas. El gobierno de Lula no tiene arte ni parte en ese proceso. Es lo que le ocurre, en cualquier república decente, a quien carga con indicios serios: le toca responder. Flávio prefirió correr.
No cruzó solo. Al otro lado del puente lo esperaba la Argentina de Milei, enemigo jurado de Lula y peón despeinado de Trump, cuyo gobierno primero negó tenerlo en su territorio y luego tuvo que admitir que había entrado con toda la familia. Lo dejó pasar y seguir viaje, burlando de paso la justicia de un país vecino. Los altos contactos gringos hicieron el resto. La operación buscaba pintar a Brasil como una dictadura de la que escapan los demócratas. Consiguió lo contrario. Mostrar a un candidato que, al perder, resultó tener más cosas que ocultar que propuestas que defender.
Desbloquea esta y más noticias exclusivas.
Suscríbete ahora para obtener acceso ilimitado.
|
EDICIÓN 804 - AÑO 17
|